Político
Viernes 17 de julio: el principio de polaridad
Claudia Sheinbaum: entre la soberanía y la obligación de dar resultados
La presidenta Claudia Sheinbaum cerró los últimos días colocada entre dos polos de poder: hacia afuera, defendiendo la soberanía nacional frente a señalamientos de Estados Unidos; hacia adentro, intentando mostrar autoridad con una nueva ley contra el feminicidio, decisiones de seguridad nacional y un discurso de gobierno que busca sostener la narrativa de que México no se subordina, pero tampoco se desentiende de sus problemas internos.
Por René Díaz | CajemeNews.com
El Kybalión enseña en su cuarto principio, el de polaridad, que todo es doble, todo tiene dos polos y todo par de opuestos pertenece, en el fondo, a una misma realidad vista desde extremos distintos. En política, ese principio se vuelve todavía más claro: fuerza y fragilidad pueden convivir en el mismo gobierno, autoridad y desgaste pueden caminar juntos, soberanía y presión internacional pueden formar parte de una misma batalla.
Eso es lo que hoy enfrenta Claudia Sheinbaum. Una presidenta que intenta proyectar firmeza frente a Estados Unidos, pero que al mismo tiempo carga con los problemas internos de seguridad, violencia, justicia, percepción pública y gobernabilidad. Desde Palacio Nacional se defiende la soberanía, se responde a la DEA, se habla de cooperación respetuosa y se rechaza cualquier insinuación de sometimiento. Pero dentro del país, la exigencia ciudadana sigue siendo más simple y más dura: que el Estado funcione.
La declaración del titular de la DEA, al insinuar una conexión entre el gobierno mexicano y los cárteles, obligó a Sheinbaum a salir con fuerza. La presidenta rechazó el señalamiento, lo calificó como una expresión sin fundamento y mandó un mensaje político directo: México coopera, pero no acepta órdenes; México colabora, pero no se arrodilla; México enfrenta al crimen, pero no permitirá que desde Washington se dicte la narrativa nacional.
Ese es un polo de la realidad: la defensa de México ante el poder extranjero. Y ahí Sheinbaum se mueve con cuidado, porque sabe que el discurso nacionalista todavía pesa, que la relación con Estados Unidos es inevitable y que cualquier señal de debilidad puede ser usada por sus adversarios. La frontera, el comercio, la migración, el fentanilo, los cárteles y la seguridad bilateral forman una misma mesa, pero en esa mesa nadie quiere aparecer como subordinado.
El otro polo está dentro del país. Ahí no basta con responderle a la DEA. Ahí no basta con decir que México se respeta. Ahí el gobierno tiene que demostrar que puede dar resultados concretos en seguridad, justicia y protección de las víctimas. Porque la soberanía no sólo se defiende frente a otro país; también se demuestra cuando el Estado protege a sus ciudadanos, cuando investiga, cuando castiga, cuando impide que la violencia se vuelva costumbre.
Por eso la iniciativa de ley general contra el feminicidio aparece como un movimiento importante dentro de la agenda nacional. Sheinbaum busca homologar criterios, ordenar investigaciones, establecer protocolos y obligar a que este delito no dependa de interpretaciones distintas en cada estado. El mensaje político es claro: si el feminicidio es una herida nacional, la respuesta no puede seguir fragmentada en 32 criterios distintos.
Ahí está la otra cara del poder. Una presidenta que se presenta como defensora de la soberanía hacia afuera, pero también como una mujer presidenta que intenta dejar huella en la agenda de derechos, justicia y violencia contra las mujeres. En ese terreno, Sheinbaum no sólo gobierna como jefa del Ejecutivo; también carga con una expectativa simbólica mayor. A ella se le exige más en ese tema porque llegó como la primera mujer presidenta de México.
Pero el riesgo está en que las leyes no se queden en anuncio. México tiene demasiadas normas, demasiados protocolos y demasiados discursos que no siempre bajan a la realidad. El problema no es sólo firmar una iniciativa; el problema es que las fiscalías investiguen bien, que las policías protejan, que los jueces sancionen, que las familias encuentren justicia y que las mujeres no sigan viviendo entre el miedo, la denuncia ignorada y la impunidad.
El principio de polaridad permite leer mejor este momento. Sheinbaum quiere aparecer firme ante Estados Unidos y sensible ante las víctimas. Quiere defender al país hacia afuera y ordenar al Estado hacia adentro. Quiere mostrar carácter nacionalista y capacidad institucional. Pero esos dos polos sólo se sostienen si hay resultados. La firmeza sin resultados se vuelve discurso. La sensibilidad sin justicia se vuelve ceremonia.
El caso de “El Jando”, señalado como piloto ligado a Los Chapitos y entregado a Estados Unidos, también entra en esa lectura. El gobierno argumenta razones de seguridad nacional y protección del país, mientras la oposición y distintos sectores cuestionan los procedimientos, los tiempos y las explicaciones. Ahí vuelve la polaridad: cooperación o subordinación, legalidad o discrecionalidad, seguridad nacional o mensaje político.
En el fondo, Sheinbaum camina sobre una línea delgada. Si coopera demasiado con Estados Unidos, sus críticos dirán que se dobló. Si coopera poco, Washington aumenta la presión. Si responde fuerte, puede escalar el choque. Si responde suave, pierde autoridad interna. Gobernar México siempre ha sido caminar entre esos polos, pero hoy la presión es mayor porque el tema del crimen organizado ya no se discute sólo en México; se discute en Washington, en agencias estadounidenses y en medios internacionales.
La presidenta intenta sostener una fórmula difícil: colaboración sin subordinación. Esa frase puede sonar bien en la mañanera, pero en la realidad exige precisión quirúrgica. México necesita cooperar con Estados Unidos porque el crimen, las armas, el dinero y las drogas cruzan fronteras todos los días. Pero también necesita defender su soberanía porque ningún país puede permitir que otro le construya la narrativa de culpabilidad desde fuera.
Ahí está el punto fino: la soberanía no puede ser pretexto para negar problemas, pero la cooperación tampoco puede convertirse en obediencia. México no debe aceptar acusaciones sin pruebas, pero tampoco puede responder sólo con indignación. Tiene que responder con expedientes, detenciones, inteligencia, sentencias, decomisos, reducción de violencia y control territorial. La mejor defensa de la soberanía no es sólo el discurso; es la eficacia del Estado.
Por eso este momento es clave para Sheinbaum. La presidenta no sólo está contestando una declaración de la DEA ni presentando una iniciativa contra el feminicidio. Está definiendo el tono de su gobierno frente a dos fuerzas: la presión externa y la exigencia interna. Una le pide alinearse. La otra le pide resolver. Una viene de Washington. La otra viene de las calles, de las familias, de las víctimas y de un país cansado de comunicados.
El principio de polaridad dice que los extremos se tocan. Y en la política mexicana se están tocando: seguridad nacional y justicia cotidiana, soberanía exterior y violencia interna, discurso presidencial y realidad social. Sheinbaum puede ganar narrativa si logra equilibrar esos polos, pero puede perderla si uno de ellos se rompe. Porque un gobierno puede resistir críticas externas, pero no puede resistir indefinidamente la falta de resultados internos.
México necesita una presidenta firme ante Estados Unidos, pero también una presidenta eficaz ante la violencia. Necesita una voz que diga “a México se le respeta”, pero también un gobierno que haga respetar la ley dentro del territorio. Necesita soberanía, sí, pero también seguridad. Necesita dignidad internacional, pero también justicia para las mujeres, para las víctimas y para las familias que no viven en la mañanera, sino en la calle.
Claudia Sheinbaum está en el centro de esa polaridad. De un lado, la defensa del país frente a la presión extranjera. Del otro, la obligación de demostrar que el Estado mexicano puede proteger, investigar y castigar. Entre esos dos polos se juega buena parte de su autoridad política.
Porque al final, la soberanía no sólo se grita.
Se demuestra.
Y un país verdaderamente soberano no es sólo el que responde fuerte ante Washington, sino el que logra que dentro de sus propias fronteras la ley pese más que el miedo.
“Esta es apenas una opinión personal, una lectura del instante y del momento histórico, político y social que nos tocó vivir. No pretende ser verdad absoluta; es experiencia, percepción y análisis. El lector tendrá siempre la última palabra: creer, dudar o pensar distinto”.























