EL KYBALIÓN

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Político

Martes 28 de julio: el principio de correspondencia

Cajeme: la baja de homicidios que retrata el antes y el después de Lamarque

Julio se perfila como el mes con menos homicidios en Cajeme en la etapa reciente del municipio. Después de un junio con 25 muertes violentas, el corte de julio se mantiene en seis asesinatos, una cifra que por sí sola no significa paz, pero que sí marca una diferencia demasiado grande para ignorarla. Puede ser coincidencia, puede ser estrategia, puede ser reacomodo criminal o puede ser cambio operativo; lo cierto es que la baja ocurrió justo después de la salida temporal de Javier Lamarque Cano de la alcaldía.

Por René Díaz | CajemeNews.com

El Kybalión enseña en su segundo principio, el de correspondencia, que como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba. Lo que ocurre en la superficie casi siempre refleja algo que se mueve en el fondo. Lo que cambia en el número muchas veces refleja un cambio en el mando, en la operación, en la presión institucional o en la forma en que el poder se está acomodando. En Cajeme, donde la violencia ha sido por años una herida abierta, la caída de homicidios durante julio ya no puede leerse solamente como estadística policiaca; también debe leerse como mensaje político.

El dato es fuerte. Junio cerró con 25 muertes violentas en Cajeme. Julio, hasta este 28 de julio, se mantiene con seis homicidios. La diferencia es demasiado grande para pasarla por alto. No estamos hablando de una reducción ligera ni de una variación normal entre un mes y otro. Estamos hablando de una caída que modifica la conversación pública en una ciudad acostumbrada a contar muertos con una frecuencia brutal.

Y el contexto político vuelve inevitable la lectura. Javier Lamarque Cano pidió licencia el 22 de junio para separarse temporalmente de la Presidencia Municipal y buscar la ruta interna de Morena rumbo al 2027. Desde entonces, Cajeme quedó bajo una nueva conducción formal, con Claudia Santacruz como alcaldesa interina, y el mes siguiente mostró una baja notable en homicidios. Eso no prueba causalidad, pero sí instala una correspondencia incómoda: se fue Lamarque del despacho municipal y bajaron los asesinatos.

Hay que decirlo con responsabilidad. Ningún análisis serio puede afirmar que la salida de un alcalde, por sí sola, reduce homicidios. La violencia criminal no funciona de manera tan simple. Puede haber operativos federales, presencia militar, ajustes entre corporaciones, detenciones, cambios de mando, reacomodos de grupos, pausas criminales o ciclos temporales que explican una baja. Pero en política, los tiempos importan. Y cuando un cambio de mando coincide con una caída tan marcada de la violencia, la interpretación se vuelve inevitable.

Durante años, Cajeme ha cargado con una realidad dolorosa: homicidios, ataques armados, colonias sitiadas por el miedo, familias encerradas temprano, jóvenes asesinados, negocios cerrando antes de la noche y una percepción de ciudad rebasada. Esa marca no nació con Lamarque, pero sí le tocó gobernar con ella encima. Y aunque desde el discurso oficial se habló muchas veces de reducciones, estrategias y coordinación, la gente siguió midiendo la seguridad de una forma más simple: cuántos muertos hubo, cuántas balaceras sonaron, cuántas patrullas llegaron tarde y cuántas familias quedaron rotas.

Por eso julio pega políticamente. Porque si el mes termina con seis homicidios, Cajeme estaría frente a uno de los registros más bajos de los últimos años, incluso por debajo de meses que ya habían sido considerados bajos en comparación con la etapa más sangrienta del municipio. Medios OBSON recordó que en 2017 y 2018 hubo meses de siete, nueve y once homicidios, antes de que Obregón entrara a una etapa de fuego más intenso. Después vinieron años en los que las cifras se dispararon y la violencia dejó de ser noticia extraordinaria para convertirse en rutina.

Ese es el espejo que hoy incomoda. Como es arriba, es abajo. Si arriba cambia el mando, abajo puede cambiar la operación. Si arriba cambia la presión política, abajo puede cambiar el comportamiento institucional. Si arriba cambia la narrativa, abajo cambia la percepción. Y si abajo baja la violencia, arriba alguien tendrá que explicar qué se hizo distinto, por qué funcionó ahora y por qué no se sostuvo antes.

El lamarquismo puede decir que esta reducción es parte de una estrategia que ya venía en marcha. Puede decir que los resultados de julio son consecuencia de acciones acumuladas, de coordinación federal, estatal y municipal, de trabajo previo y de una tendencia que empezó antes de la licencia. Esa defensa es posible. Pero también sus adversarios pueden decir lo contrario: que la ciudad respiró cuando Lamarque dejó temporalmente el cargo. Y en política, no siempre gana la explicación más técnica; muchas veces gana la lectura que la gente siente más cercana.

Ahí está el riesgo para Javier Lamarque. Si busca construir una aspiración estatal, Cajeme será su carta de presentación, pero también su expediente más pesado. Podrá hablar de obras, programas, pavimento, inversión o transformación, pero sus adversarios van a poner sobre la mesa los homicidios, los meses rojos y la pregunta que ya empieza a circular: por qué la violencia bajó de manera tan notoria justo después de su salida temporal.

No se trata de celebrar seis homicidios. Seis muertos siguen siendo seis vidas arrebatadas, seis familias golpeadas, seis expedientes abiertos y seis heridas en una ciudad que ya ha sufrido demasiado. En un municipio normal, seis asesinatos en un mes serían una tragedia. En Cajeme, después de años de violencia desbordada, se presentan como una baja histórica. Esa sola comparación retrata el tamaño del daño que se ha normalizado.

El problema es que Cajeme se acostumbró a medir la esperanza con números que en cualquier otra ciudad serían escandalosos. Si hay 25 muertos, se habla de crisis. Si hay seis, se habla de respiro. Pero el verdadero objetivo no debería ser bajar de 25 a seis; debería ser llegar a cero. La autoridad no puede convertir una baja en propaganda sin explicar la causa, porque si no se entiende qué bajó la violencia, tampoco se sabrá cómo sostenerla.

La correspondencia política es clara. Arriba se mueve la sucesión, abajo se mueve la estadística. Arriba Lamarque sale de Palacio Municipal para buscar otro horizonte, abajo Cajeme registra una caída en homicidios. Arriba el discurso intenta separar los tiempos electorales de la seguridad, abajo la calle hace sus propias lecturas. Y cuando la calle empieza a conectar puntos, el poder ya no controla completamente la narrativa.

Claudia Santacruz tampoco puede asumir esta baja como triunfo personal absoluto. Sería demasiado pronto y demasiado riesgoso. Pero sí puede convertirse en un dato de arranque que marque diferencia. Si julio cierra con seis homicidios y agosto mantiene una tendencia baja, entonces la conversación cambiará de tono. Ya no se hablará sólo de una coincidencia, sino de una posible modificación en la conducción, en la coordinación o en la forma de ejercer autoridad desde el municipio.

Y ahí vendrá la pregunta más dura para todos: si se podía bajar, por qué no se bajó antes. Si había manera de contener, por qué Cajeme vivió tantos meses de sangre. Si la coordinación funcionó ahora, por qué durante tanto tiempo pareció insuficiente. Si los grupos criminales hicieron pausa, qué tan frágil es la calma. Si fue estrategia, quién la diseñó. Si fue coincidencia, cuánto puede durar.

La baja de homicidios en julio no absuelve a nadie ni condena automáticamente a nadie. Pero sí obliga a revisar el relato oficial de los últimos años. Porque durante mucho tiempo se dijo que Cajeme venía mejorando, que las cifras iban a la baja, que la coordinación estaba dando resultados. Sin embargo, el golpe visual de pasar de 25 homicidios en junio a seis en julio es más poderoso que cualquier boletín.

Ese contraste tiene fuerza porque no necesita demasiada explicación. La gente entiende los números. La gente entiende el miedo. La gente entiende cuándo una ciudad suena menos a balazos. La gente entiende cuándo un mes se siente menos pesado que otro. Y aunque todavía falten días para cerrar julio, el dato ya entró a la conversación pública.

Por eso esta columna no debe plantear una sentencia, sino una lectura. No se puede decir que Lamarque causaba los homicidios ni que su salida los resolvió. Eso sería irresponsable. Lo que sí se puede decir es que la reducción ocurrió después de su licencia y que la diferencia es tan notable que políticamente no puede ignorarse. En Cajeme, la estadística ya puso frente a frente dos momentos: el último mes completo del lamarquismo en funciones y el primer mes bajo una conducción interina.

Como es arriba, es abajo. Si el poder cambia de manos, la calle observa. Si la violencia baja, la ciudadanía compara. Si el discurso oficial presume estrategia, la gente pregunta por resultados. Y si los resultados aparecen cuando cambia el mando, la política hace lo que siempre hace: convierte la coincidencia en sospecha, la sospecha en narrativa y la narrativa en costo.

Julio puede cerrar como el mes más bajo de la etapa reciente de Cajeme. Puede ser una pausa. Puede ser el inicio de una tendencia. Puede ser una anomalía. Pero ya es un dato político. Y en una ciudad lastimada por años de homicidios, un dato así no se archiva: se interpreta.

Porque cuando Cajeme pasa de 25 muertos en junio a seis en julio, la pregunta ya no es solamente cuántos bajaron.

La pregunta es qué cambió arriba para que abajo se sintiera diferente.

“Esta es apenas una opinión personal, una lectura del instante y del momento histórico, político y social que nos tocó vivir. No pretende ser verdad absoluta; es experiencia, percepción y análisis. El lector tendrá siempre la última palabra: creer, dudar o pensar distinto”.

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