EL KYBALIÓN

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Político

Miércoles: el principio de vibración

Célida López: la política que vibra fuerte, pero genera ruido dentro de Morena

Célida tiene discurso, carácter y presencia pública; pero su ruta del PAN a Morena y luego al PT despierta una pregunta incómoda entre los morenistas puros: ¿es parte del proyecto o sólo una pieza útil en el tablero?

Por René Díaz | CajemeNews.com

El Kybalión enseña en su tercer principio, el de vibración, que nada está inmóvil, todo se mueve, todo vibra, todo emite una frecuencia. En política ocurre lo mismo: hay personajes que pasan sin hacer ruido y hay otros que, cada vez que aparecen, alteran el ambiente, provocan reacción y obligan a los grupos a acomodarse.
Célida López Cárdenas pertenece a ese segundo grupo.

No es una política silenciosa. No es una figura gris. No es de las que esperan a que otros marquen la línea. Célida tiene una cualidad que en campaña vale mucho: sabe hablar, sabe confrontar y sabe colocarse en la conversación pública. Su fuerza no está solamente en los cargos que ha ocupado, sino en su capacidad para generar discurso político.

Y en una sucesión como la de Sonora rumbo al 2027, eso puede ser virtud o problema.
Porque Célida vibra fuerte.
Tiene carácter, tiene estilo frontal, tiene experiencia y tiene presencia. Puede encender una plaza, dar una entrevista con filo, defender una postura y convertir una frase en golpe político. En tiempos donde la política también se disputa en redes, medios y percepciones, esa capacidad no es menor.

Pero toda vibración produce respuesta.
Y la vibración de Célida también genera ruido dentro de Morena.
El primer punto incómodo es su ruta partidista: PAN, Morena y PT.
Célida no nació políticamente en Morena. Viene del PAN, después ganó Hermosillo con Morena en 2018, se integró al proyecto estatal de Alfonso Durazo y en 2024 compitió al Senado por el Partido del Trabajo. Para sus defensores, esa ruta demuestra experiencia, adaptación y capacidad de moverse en distintos escenarios. Para sus críticos, sobre todo para los morenistas puros, puede despertar desconfianza.

Porque en Morena todavía existe una base que se considera fundadora, militante, ideológica y de lucha. Una base que recuerda al PAN como adversario histórico. Una base que puede aceptar alianzas por pragmatismo, pero que no siempre digiere que figuras venidas de otros partidos busquen posiciones centrales dentro del movimiento.

Ahí está el dilema de Célida.
Tiene utilidad política, pero no necesariamente aceptación plena.
Tiene discurso fuerte, pero no necesariamente consenso interno.
Tiene experiencia ejecutiva, pero también derrotas que sus adversarios pueden usar.
Tiene presencia dentro de la 4T, pero no origen morenista puro.

Esa vibración interna es importante.
Célida fue alcaldesa de Hermosillo, la capital del estado, y eso le dio una vitrina que pocos perfiles tienen. Gobernar Hermosillo significa aparecer todos los días en la conversación estatal. Significa enfrentar problemas urbanos, servicios públicos, seguridad, movilidad, agua, obras y presión ciudadana. Esa experiencia la puede presumir como credencial rumbo al 2027.
Pero también perdió la reelección frente a Antonio Astiazarán.
Y en política, todo antecedente vuelve.
Sus defensores podrán decir que ya gobernó la ciudad más importante de Sonora. Sus adversarios responderán que esa misma ciudad no le dio continuidad. Esa es una vibración doble: experiencia y desgaste, presencia y rechazo, fortaleza y flanco.

Después de Hermosillo, Célida no quedó fuera del poder. Entró al gobierno de Alfonso Durazo, se mantuvo en el tablero y conservó cercanía con el proyecto estatal. Eso muestra que el duracismo no la desechó. Pero también la coloca dentro del bloque que tendría que defender los resultados del actual gobierno si busca crecer hacia el 2027.
Y ahí aparece otra tensión.

Si Célida quiere ser carta de continuidad, tendrá que cargar parte del costo del gobierno. Si quiere presentarse como figura propia, tendrá que tomar distancia sin romper. Si quiere representar a la 4T, tendrá que convencer a Morena de que no es sólo una aliada temporal. Y si quiere ser opción competitiva, tendrá que demostrar que su discurso no sólo genera ruido, sino también confianza.

Porque una cosa es vibrar fuerte y otra cosa es armonizar con el movimiento.
Morena tiene varias frecuencias rumbo al 2027.
Heriberto Aguilar representa la frecuencia del aparato, la disciplina y la continuidad silenciosa. Lorenia Valles representa la frecuencia institucional y la posible ruta de género. Javier Lamarque representa la frecuencia del sur, Cajeme y la vieja izquierda, aunque con desgaste local. Célida representa otra frecuencia: confrontación, carácter, discurso y presión.
No es la más cómoda, pero sí una de las más visibles.

En una alianza donde Morena, PT y Verde deberán negociar espacios, Célida puede convertirse en una carta incómoda pero útil. Si Morena necesita una mujer con experiencia ejecutiva, ahí está. Si el PT quiere cobrar peso en el reparto, ahí está. Si el duracismo necesita una figura que confronte a la oposición, ahí está. Pero si el partido busca una candidatura completamente controlada, disciplinada y sin resistencias internas, su ruta se complica.
El problema de fondo es que Célida no pasa desapercibida.

Eso en política puede ser ventaja o riesgo.
Puede ser ventaja porque una campaña necesita voz, energía y presencia. Pero puede ser riesgo porque los grupos internos suelen desconfiar de quienes tienen fuerza propia. El poder prefiere muchas veces perfiles manejables, no perfiles que vibren demasiado fuerte.
Por eso Célida puede ser carta, pero también puede ser presión.
Puede ser candidata, pero también puede ser negociación.
Puede ser aliada, pero también puede ser incomodidad.

La pregunta no es si tiene capacidad política. La tiene. La pregunta es si Morena la considera suficientemente propia como para entregarle una ruta mayor. Y ahí es donde su pasado panista, su paso por Morena y su candidatura por el PT se vuelven tema de fondo.
Porque para los pragmáticos, esa ruta puede significar experiencia y flexibilidad.
Pero para los morenistas puros, puede significar duda.

En una sucesión, la duda interna pesa.
El principio de vibración enseña que todo movimiento genera frecuencia. Célida se mueve y el tablero vibra. Sus palabras provocan eco. Su presencia genera reacción. Su historia partidista abre debate. Su carácter puede sumar en campaña, pero también puede alterar equilibrios.
Rumbo al 2027, eso la convierte en una figura que nadie puede ignorar.
No necesariamente la favorita.
No necesariamente la más cómoda.
Pero sí una pieza con fuerza propia.
Y en política, las piezas con fuerza propia casi siempre obligan al poder a decidir: se les incorpora, se les contiene o se les usa como moneda de negociación.

Célida López tiene discurso, carácter y presencia. Vibra fuerte en un tablero donde muchos prefieren moverse en silencio.
Pero su ruta del PAN a Morena y luego al PT genera una pregunta que no se puede esconder: ¿la 4T la ve como una de los suyos o sólo como una pieza útil cuando conviene?
Para unos, Célida representa experiencia y fuerza.
Para otros, representa pragmatismo y desconfianza.

En el principio de vibración, esa es su realidad política: puede mover la conversación, puede alterar el tablero y puede incomodar a los morenistas puros.
La pregunta rumbo al 2027 no es si Célida tiene voz.
La pregunta es si Morena está dispuesta a convertir esa voz en candidatura.

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