Político
Miércoles: Polaridad
Heriberto Aguilar: la carta silenciosa del duracismo rumbo al 2027
Entre el aparato y el territorio, entre la continuidad y el desgaste, el nombre de Heriberto empieza a colocarse como una de las piezas naturales del proyecto de Alfonso Durazo para la sucesión en Sonora.
Por René Díaz | CajemeNews.com
El Kybalión enseña en su cuarto principio, el de polaridad, que todo tiene dos polos. Todo tiene su opuesto. Toda realidad política puede mirarse desde dos extremos: lo visible y lo oculto, lo que se dice y lo que se mueve, el territorio y el aparato, el candidato popular y el candidato de confianza.
Y en Sonora, rumbo al 2027, esa polaridad empieza a tomar forma dentro de Morena.
Mientras algunos nombres hacen ruido, otros se mueven en silencio. Mientras unos aparecen en la conversación pública por su territorio, sus cargos municipales o su presencia mediática, otros se colocan desde el aparato, desde la estructura, desde la confianza política y desde la continuidad del proyecto de Alfonso Durazo. Ahí aparece Heriberto Aguilar Castillo.
No como el más estridente. No como el más mediático. No como el que más busca reflectores. Pero sí como una de las cartas más naturales del duracismo. Heriberto no es un improvisado dentro del proyecto de Morena en Sonora. Fue secretario de Infraestructura y Desarrollo Urbano en el gobierno de Alfonso Durazo, ocupó un área estratégica para cualquier administración estatal, después se integró al proyecto nacional de Claudia Sheinbaum, fue dirigente estatal de Morena y llegó al Senado de la República por Sonora junto con Lorenia Valles.
Ese recorrido no es cualquier cosa; porque en política, las candidaturas no nacen solamente de la popularidad. También nacen de la confianza. De la disciplina. De la estructura. De la cercanía con el poder. De la capacidad de representar continuidad sin romper el tablero. Y si algo necesita cuidar Alfonso Durazo rumbo al 2027 es justamente eso: la continuidad. No sólo dejar un candidato. Dejar un proyecto. Dejar una ruta. Dejar un control político. Dejar una sucesión que no fracture a Morena.
Ahí está la primera polaridad. De un lado, están los perfiles de territorio: los que gobiernan municipios, los que tienen plaza, los que cargan con la realidad local y con sus costos.
Del otro lado, están los perfiles de aparato: los que conocen el gobierno, el partido, la estructura interna y las reglas no escritas del poder.
Javier Lamarque representa el primer polo. Tiene Cajeme, tiene historia de izquierda, tiene presencia local y una trayectoria política larga. Pero también carga con el desgaste de Cajeme: inseguridad, percepción de violencia, crisis institucionales y una ciudad que, aunque pesa electoralmente, también golpea políticamente.
Heriberto Aguilar representa el segundo polo: el aparato, la continuidad, la disciplina y la cercanía con el proyecto de Durazo.
No es poca cosa.
Porque Morena puede ganar con territorio, pero también puede perder si ese territorio llega demasiado desgastado; puede ganar con aparato, pero también puede sufrir si el aparato no emociona al electorado.
Esa es la polaridad que empieza a cruzar la sucesión sonorense. El candidato que arrastra votos contra el candidato que garantiza continuidad. El político que grita en la plaza contra el político que opera en silencio.
El perfil de calle contra el perfil de estructura. El liderazgo territorial contra la confianza del gobernador. Heriberto se mueve en ese segundo extremo; por eso su nombre empieza a tener sentido como carta de Durazo fuera de Lamarque. No necesariamente porque ya esté decidido. No porque haya una candidatura escrita. No porque Morena vaya a reconocerlo ahora. En política nadie enseña las cartas antes de tiempo, menos cuando faltan meses para que el proceso se caliente de manera abierta.
Pero los nombres se van midiendo, Heriberto está en la lista natural. Primero, porque viene del gabinete. Segundo, porque conoce la obra pública y la operación territorial desde el gobierno. Tercero, porque ha tenido mando partidista. Cuarto, porque hoy tiene posición nacional desde el Senado. Y quinto, porque no aparece confrontado con el centro del poder estatal.
Esa combinación lo vuelve una figura cómoda para el duracismo; cómoda no significa débil. Cómoda significa manejable para el proyecto. Significa continuidad sin ruptura. Significa una carta que no necesariamente amenaza al grupo que gobierna, sino que puede prolongarlo.
Pero también tiene su otro polo.
Heriberto tendría que resolver una pregunta central: ¿puede conectar con el electorado más allá de la estructura?
Porque una cosa es ser carta del aparato y otra muy distinta es convertirse en candidato competitivo ante la sociedad.
El aparato puede levantar.
La estructura puede ordenar.
El partido puede empujar.
El gobernador puede influir.
Al final, una campaña estatal exige algo más: emoción, narrativa, presencia, carácter público y capacidad de enfrentar ataques, ahí es donde Heriberto tendría que crecer. Porque si la elección se vuelve una contienda de contraste contra Antonio Astiazarán, la oposición intentará vender una idea muy simple: Hermosillo contra el aparato estatal; gobierno municipal visible contra continuidad morenista; resultados urbanos contra desgaste estatal.
Toño Astiazarán, desde la capital, ya tiene una vitrina. Puede presumir ciudad, agenda, obra, servicios, seguridad relativa y una narrativa de administración municipal. Su reto será salir de Hermosillo y convencer al resto de Sonora.
Pero Morena también tiene su reto: elegir a alguien que pueda defender el gobierno de Durazo sin quedar atrapado por sus pendientes.
Y esos pendientes existen.
Seguridad.
Cajeme.
Agua.
Sistema penitenciario.
Salud.
Transparencia.
Relación con municipios. Desgaste natural de gobierno. Quien sea candidato de continuidad no heredará solamente estructura. También heredará los costos. Ahí está la segunda polaridad.
Ser carta de Durazo puede ser fortaleza, pero también carga. Fortaleza, porque significa acceso a estructura, operación, respaldo, partido y narrativa de continuidad. Carga, porque también implica defender lo que no se ha resuelto, explicar lo que quedó pendiente y cargar con los cuestionamientos que la oposición va a poner sobre la mesa.
Heriberto tendría que caminar sobre esa línea. No parecer impuesto. No parecer gris. No parecer solamente operador.
No parecer candidato de oficina. Tendría que convertirse en una figura con discurso propio, con presencia estatal y con capacidad de conectar emocionalmente con el ciudadano.
Porque Sonora no se gobierna desde un escritorio. Se gana en Hermosillo, pero también en Cajeme. Se gana en Nogales, San Luis Río Colorado, Guaymas, Navojoa, Agua Prieta, Caborca y el sur profundo.Se gana con estructura, sí, pero también con percepción. Y en política, la percepción manda.
Ahora bien, en días recientes Heriberto Aguilar solicitó licencia temporal al Senado por motivos familiares. El dato debe tratarse con respeto, porque el motivo fue una situación personal dolorosa: el fallecimiento de una bebé de su familia, hija de su hermano, según la información que circula en su entorno cercano.
Ese hecho no debe usarse como especulación política.
No todo movimiento personal es una maniobra. No toda licencia es una señal electoral. No todo silencio es cálculo. Hay momentos humanos que deben respetarse. Pero una cosa es el motivo de la licencia, y otra cosa es la posición política que Heriberto ya ocupa en el tablero sonorense.
La licencia no lo convierte en candidato. La tragedia familiar no debe politizarse. Pero su nombre ya estaba en la conversación antes de eso. Y ahí está el punto correcto: no se trata de leer la licencia como operación política, sino de leer a Heriberto como lo que ya era antes de pedirla: una de las cartas visibles del proyecto de continuidad de Durazo.
Por eso el encabezado no debe ser la licencia. El encabezado debe ser el papel que Heriberto puede jugar rumbo al 2027. Porque la sucesión en Sonora no se decidirá sólo con deseos personales. Se decidirá con equilibrios. Morena tendrá que equilibrar género, territorio, estructura, aprobación, disciplina, relación con Palacio Nacional, cercanía con Durazo y capacidad de enfrentar a la oposición.
Heriberto está entre dos polos: Entre la confianza del poder y la necesidad de conectar con la gente.
Entre la estructura del partido y la emoción electoral. Entre la continuidad de Durazo y el desgaste de gobierno. Entre el bajo perfil disciplinado y la obligación de volverse figura estatal. Y en esa tensión se va a definir si puede pasar de carta interna a candidato real.
Porque ser mencionado no basta. Ser cercano no basta. Ser senador no basta.
Haber estado en el gabinete no basta.
El candidato de Morena en Sonora tendrá que resolver una ecuación más compleja: ser aceptable para Durazo, competitivo para Palacio Nacional, funcional para Morena, tolerable para los aliados y defendible ante la sociedad.
Ahí es donde Heriberto puede tener oportunidad.
No porque sea el más ruidoso, sino porque puede ser el más útil para un proyecto que busca continuidad sin sobresaltos.
Pero la utilidad interna no siempre gana elecciones.
Esa será la prueba. Heriberto Aguilar está parado justo en medio de esa tensión. Quizá por eso su nombre importa. No porque haya hecho ruido.
Sino porque en política, a veces los nombres más silenciosos son los que más seriamente se están midiendo. La pregunta no es si Heriberto quiere.
La pregunta es si el duracismo lo ve como heredero posible.
Y si Morena está dispuesta a apostar por una carta silenciosa para enfrentar una elección que será todo menos silenciosa.























