Político
Lunes 10 de agosto: el principio de ritmo
Ciudad Obregón y la seguridad pública: cambian los mandos, pero la violencia se queda
Desde 2015 a la fecha, Cajeme ha tenido seis titulares distintos en Seguridad Pública Municipal y siete nombramientos si se cuenta el regreso de Francisco Cano Castro. Pasaron mandos civiles, policías federales, militares retirados, marinos y perfiles enviados bajo la lógica de coordinación con fuerzas federales. Cambiaron los nombres, los uniformes, los discursos y las promesas, pero la pregunta sigue siendo la misma: por qué una ciudad que ha cambiado tantas veces de jefe policiaco no ha logrado cambiar de fondo su realidad de violencia.
Por René Díaz | CajemeNews.com
El Kybalión enseña en su quinto principio, el de ritmo, que todo fluye y refluye, todo sube y baja, todo avanza y retrocede como un péndulo. En política, ese principio se siente cuando los gobiernos cambian de estrategia sin cambiar de resultado. Cajeme es un ejemplo duro de ese ritmo: cada cierto tiempo llega un nuevo mando de Seguridad Pública, se presenta como relevo, esperanza, ajuste o golpe de timón, pero la ciudad vuelve al mismo ciclo de miedo, homicidios, patrullas rebasadas y discursos oficiales que prometen recuperar el control.
Desde 2015, la seguridad pública en Cajeme ha pasado por una larga lista de nombres. Antonio Gutiérrez Lugo fue designado al inicio del gobierno de Faustino Félix Chávez. Después, con Sergio Pablo Mariscal, llegó Francisco Cano Castro, luego Jorge Manuel Solís Casanova, después volvió Cano y más tarde entró Cándido Tarango Velázquez. Con Javier Lamarque Cano llegó Claudio Cruz Hernández en enero de 2022 y, ya en febrero de 2026, Alfonso Tenango Vázquez asumió como nuevo titular tras la salida de Cruz. Seis personas distintas, siete nombramientos y más de una década en la que Cajeme ha cambiado mandos sin poder cambiar completamente el destino de sus calles.
El dato retrata algo más profundo que una rotación administrativa. Cuando un municipio cambia tantas veces de jefe policiaco, no sólo renueva cuadros; también reconoce que la estrategia anterior no alcanzó. Cada relevo lleva implícito un mensaje: algo no funcionó, algo se agotó, algo se rompió o algo necesitaba corregirse. Pero si después de cada cambio la violencia sigue apareciendo, entonces el problema deja de estar solamente en la persona que ocupa el cargo y empieza a estar en el modelo completo de seguridad.
Los números ayudan a entender la dimensión del fracaso acumulado. Cajeme registró 140 carpetas de investigación por homicidio doloso en 2015, 178 en 2016, 236 en 2017, 232 en 2018, 327 en 2019, 411 en 2020, 596 en 2021, 501 en 2022, 432 en 2023 y 324 en 2024. Una carpeta puede contener más de una víctima, por eso los recuentos periodísticos de personas asesinadas suelen ser mayores que el dato oficial de carpetas. Pero aun tomando el registro más conservador, el retrato es brutal: Cajeme no ha vivido una crisis pasajera, sino una larga etapa de violencia sostenida.
Durante el periodo de Antonio Gutiérrez Lugo, en el gobierno de Faustino Félix Chávez, Cajeme vivió una escalada que ya anunciaba el cambio de época: 140 carpetas en 2015, 178 en 2016, 236 en 2017 y 232 en 2018. Aquel trienio dejó más de 600 carpetas por homicidio doloso, una cifra que en su momento parecía brutal y que después terminaría siendo rebasada por una violencia todavía más intensa.
Con Sergio Pablo Mariscal, la seguridad pública tuvo más movimientos. Inició Francisco Cano Castro en 2018, luego llegó Jorge Manuel Solís Casanova en 2019, después volvió Cano y finalmente fue nombrado Cándido Tarango Velázquez en noviembre de 2020. En ese tramo, Cajeme siguió subiendo en la escala de violencia: 2019 cerró con 327 carpetas de homicidio doloso y 2020 con 411. No era sólo un cambio de secretario; era una ciudad empujando a su gobierno contra la pared.
Cándido Tarango recibió la corporación al cierre de 2020, permaneció durante 2021 y salió en enero de 2022, ya con Javier Lamarque en la alcaldía. Su periodo atravesó uno de los picos más duros de la historia reciente de Cajeme: 2021 registró 596 carpetas de homicidio doloso, el número más alto de la década revisada. Si se toman recuentos periodísticos de víctimas, la cifra suele aparecer todavía más alta, porque esos conteos hablan de personas asesinadas y no sólo de expedientes abiertos.
Con Claudio Cruz Hernández, nombrado en enero de 2022 durante la administración de Javier Lamarque, Cajeme vivió el periodo más largo de continuidad en Seguridad Pública Municipal de los últimos años. Pero continuidad no significó tranquilidad. En 2022 hubo 501 carpetas de homicidio doloso; en 2023, 432; y en 2024, 324. En números oficiales, sólo esos tres años suman 1,257 carpetas por homicidio doloso. Hubo discursos de reducción, operativos coordinados, entregas de patrullas y anuncios de estrategia, pero la ciudad siguió midiendo la seguridad con una vara brutal: cuántos muertos dejó cada mes.
Finalmente, Alfonso Tenango Vázquez asumió en febrero de 2026. Llegó a una corporación que no recibía una ciudad en blanco, sino una historia pesada. En 2026, Cajeme venía todavía golpeado por meses altos, incluido junio, que cerró con 25 muertes violentas. Después vino julio, que se mantuvo en seis asesinatos, una baja notable frente al mes anterior y una cifra que volvió a poner sobre la mesa la misma pregunta de fondo: qué cambió realmente y si esa baja puede sostenerse.
Ahí aparece otra vez el principio de ritmo. Cajeme sube y baja en sus cifras, pero no logra romper el péndulo. Un mes puede traer 25 muertes violentas y otro bajar a seis. Un año puede marcar récord y otro presumir reducción. Un secretario puede durar meses y otro años. Pero mientras la ciudad siga dependiendo de golpes de mando, operativos temporales o momentos de baja, la seguridad seguirá atrapada en una lógica inestable.
El problema no es sólo quién ocupa la silla. Cajeme ha probado muchos perfiles: mandos locales, policías federales, militares retirados, marinos y titulares presentados como parte de una estrategia de coordinación. Si la solución fuera únicamente cambiar al secretario, Cajeme ya habría encontrado paz hace años. Pero la historia demuestra lo contrario: los mandos cambian, los discursos cambian, los uniformes cambian, pero la violencia encuentra la manera de permanecer.
No se trata de decir que todos fallaron igual ni que nada se hizo. Cada titular llegó en un contexto distinto, con presiones diferentes, apoyos variables y una ciudad que ya venía dañada desde antes. Pero también sería irresponsable negar el patrón. Cajeme ha tenido mandos de sobra y tranquilidad de menos. Ha tenido relevos, operativos, reuniones, patrullas, discursos y promesas. Lo que no ha tenido de manera sostenida es paz.
Porque una cosa es nombrar secretario y otra muy distinta es gobernar la seguridad. El secretario puede firmar partes, encabezar operativos, revisar patrullas y reunirse con mandos federales, pero si no hay investigación efectiva, depuración policial, inteligencia territorial, control de colonias, prevención real, atención a jóvenes, combate a la impunidad y coordinación que funcione más allá de la foto, el cambio de titular se vuelve apenas un cambio de rostro en una misma crisis.
Cajeme no necesita otro relevo para la estadística. Necesita una estrategia que sobreviva al relevo. Necesita instituciones que no dependan de si el mando viene de la Policía Federal, del Ejército, de la Marina o de la política local. Necesita una corporación depurada, profesional, equipada y protegida. Necesita que los policías buenos no trabajen abandonados y que los policías coludidos no sigan escondidos dentro del uniforme. Necesita que el combate al crimen no sea sólo reacción, sino inteligencia.
El ritmo de Cajeme ha sido ese: llega un mando, se anuncia esperanza, pasan los meses, crece la presión, aparece el desgaste, se habla de ajustes y termina llegando otro. Ese péndulo ya no alcanza. La ciudad no puede seguir midiendo la seguridad por el currículum del nuevo secretario. Tiene que medirla por resultados sostenidos: menos homicidios, menos robos, menos extorsión, menos miedo, más patrullaje real, más confianza y más capacidad de respuesta.
La responsabilidad tampoco es sólo municipal. Cajeme es una ciudad donde la violencia rebasa a la Policía Preventiva. Hay crimen organizado, armas de alto poder, narcomenudeo, disputas de territorio, células armadas y delitos que requieren Fiscalía, Guardia Nacional, Ejército, Marina, inteligencia financiera y coordinación estatal. Pero eso no exonera al municipio. Al contrario: lo obliga a tener claridad sobre su papel. La Policía Municipal no puede resolver todo, pero sí puede fallar en lo básico. Y cuando falla lo básico, la ciudadanía lo siente todos los días.
Hoy Alfonso Tenango carga con esa historia. No llega a una corporación en blanco ni a una ciudad tranquila. Llega después de Antonio Gutiérrez, Francisco Cano, Jorge Solís, Cándido Tarango y Claudio Cruz. Llega después de años de promesas, de miles de carpetas, de cientos de víctimas y de una ciudadanía cansada de escuchar que ahora sí. Ese es el reto verdadero: no convertirse en otro nombre dentro de la lista, sino en el inicio de una etapa distinta.
El principio de ritmo advierte que todo movimiento tiene retorno. Si Cajeme sigue repitiendo la misma fórmula, tarde o temprano repetirá el mismo resultado. Cambiar mandos puede ser necesario, pero no suficiente. La ciudad no necesita solamente un nuevo secretario. Necesita romper el péndulo.
Porque en Cajeme los nombres han cambiado muchas veces.
Lo que falta es que cambie la historia.
“Esta es apenas una opinión personal, una lectura del instante y del momento histórico, político y social que nos tocó vivir. No pretende ser verdad absoluta; es experiencia, percepción y análisis. El lector tendrá siempre la última palabra: creer, dudar o pensar distinto”.























