Político
Lunes 3 de agosto: el principio de mentalismo
Cajeme 2027: ¿decidirá Lamarque o decidirá el grupo Patiño?
Mientras Javier Lamarque juega en la cancha estatal rumbo a la gubernatura, en Cajeme empieza a moverse otra sucesión: la de la alcaldía. Los nombres ya circulan, los grupos se acomodan y la pregunta empieza a tomar fuerza dentro de Morena: si Lamarque deja de tener el control total del tablero municipal, ¿quién va a decidir la candidatura en Cajeme? ¿El liderazgo que gobernó el municipio desde 2021 o el grupo político que hoy empieza a crecer alrededor de Patricia Patiño?
Por René Díaz | CajemeNews.com
El Kybalión enseña en su primer principio, el de mentalismo, que todo empieza en la mente. Antes de ganar una candidatura, primero hay que instalar una idea. Antes de controlar una sucesión, primero hay que controlar la percepción. Antes de imponer un nombre, primero hay que convencer al grupo, a la base, al partido y al poder de que ese nombre representa continuidad, fuerza, disciplina o futuro.
En Cajeme, Morena ya entró a esa batalla mental. Todavía no hay candidatura formal, todavía no hay encuesta oficial, todavía no hay convocatoria definitiva para la sucesión municipal, pero la disputa ya empezó en la conversación política. Y cuando una sucesión empieza en la mente pública, los aspirantes dejan de caminar solos: empiezan a caminar acompañados por versiones, señales, padrinos, lecturas y sospechas.
La pregunta de fondo es sencilla, pero políticamente pesada: ¿quién va a decidir la candidatura de Morena a la alcaldía de Cajeme en 2027? Durante años, la respuesta parecía obvia. Javier Lamarque Cano era el alcalde, el liderazgo local más visible de la 4T, el referente histórico de la izquierda cajemense y el hombre que, con todos sus desgastes, seguía siendo el centro del poder municipal. Pero su licencia y su aspiración estatal cambiaron la fotografía.
Lamarque ya no está pensando solamente en Cajeme. Hoy juega otra partida. Su mirada está puesta en Sonora, en la gubernatura, en la encuesta interna de Morena, en la relación con los grupos estatales y en la narrativa de que puede brincar de la alcaldía a una competencia mayor. Y cuando un alcalde deja de mirar sólo su municipio para mirar el estado completo, el poder local empieza a generar vacíos, reacomodos y ambiciones.
Ahí aparece el otro polo de esta historia: el grupo Patiño. Patricia Patiño se ha convertido en una figura que no necesariamente necesita reflectores todos los días para pesar en la conversación. Su fuerza no está solamente en aparecer, sino en operar. En política municipal, muchas veces pesa más quien acomoda piezas que quien levanta la mano. Y en Cajeme empieza a circular una lectura: que varios perfiles cercanos a su grupo podrían tener espacio en la sucesión de Morena.
El caso de Claudia Santacruz es el más interesante. Llegó como alcaldesa interina en un momento delicado, justo cuando Lamarque se separó del cargo. Y aunque una interina puede ser vista como figura de transición, también puede convertirse en algo más si logra instalar una percepción de orden, cercanía o diferencia. En política, el cargo puede ser temporal, pero la oportunidad no siempre lo es. Si Santacruz logra posicionarse, aunque sea desde la discreción, la sucesión municipal deja de ser sólo una lista de aspirantes y empieza a convertirse en una disputa de grupos.
Ahí el mentalismo opera con fuerza. Si la gente empieza a pensar que Claudia Santacruz puede ser opción, entonces ya es opción en el terreno político. Si los grupos empiezan a pensar que Patricia Patiño puede influir en la decisión, entonces ya influye en la conversación. Si los aspirantes empiezan a preguntarse si Lamarque todavía controla la candidatura o si otro grupo trae mano, entonces la sucesión ya cambió de centro mental.
Cajeme tiene nombres de sobra. Ahí están Raúl “El Pollo” Castelo, Anabel Acosta, Marina Herrera, Ernestina Castro, Alejandro Ibarra y otros perfiles que han sonado en columnas, mesas políticas y conversaciones internas. Cada uno representa algo distinto: territorio, estructura, relación legislativa, experiencia, cercanía con grupos o posibilidad de negociación. Pero en Morena, tener nombre no siempre significa tener pase. Tener trayectoria no siempre significa tener candidatura. Tener presencia no siempre significa tener decisión.
La candidatura no se gana sólo caminando colonias. Se gana también entendiendo quién manda, quién pesa, quién veta, quién negocia y quién puede construir una narrativa aceptable para el partido. En Cajeme, esa es la verdadera disputa. No se trata únicamente de quién quiere ser candidato. Se trata de quién puede convencer a Morena de que es el perfil menos riesgoso, más rentable y más útil para sostener el municipio después del desgaste del lamarquismo.
Porque ese es el punto que no se puede ignorar: Cajeme no llega limpio al 2027. Llega con carga. Llega con inseguridad, con meses de violencia, con reclamos de servicios públicos, con desgaste ciudadano, con la marca pesada de una administración que tuvo apoyos, obras y estructura, pero también una percepción dura en materia de seguridad. La candidatura de Morena no será un premio sencillo. Será una candidatura con ventaja partidista, sí, pero también con costos acumulados.
Por eso Lamarque enfrenta un dilema. Si intenta dejar heredero directo, corre el riesgo de cargarle al candidato o candidata todo el desgaste de su gobierno. Si permite que otro grupo imponga perfil, puede perder control sobre el municipio que ha sido su base política. Si se mete demasiado, lo acusarán de querer mandar desde fuera. Si se aleja demasiado, otros ocuparán el espacio. En política, el poder rara vez queda vacío; cuando uno se mueve, otro se sienta.
El grupo Patiño entiende esa lógica. Puede no hacer ruido excesivo, pero se mueve donde se tiene que mover. La política local no siempre se decide en mítines grandes ni en discursos encendidos. A veces se decide en quién coloca cuadros, quién conversa con operadores, quién tiene relación con perfiles interinos, quién sostiene estructura y quién puede presentarse como continuidad sin parecer repetición. Esa puede ser la mayor fortaleza de ese grupo: no aparecer como ruptura frontal con Lamarque, sino como evolución conveniente de Morena en Cajeme.
Esa palabra es clave: evolución. Morena necesita decidir si en Cajeme va con continuidad pura, con continuidad corregida o con relevo disfrazado de unidad. La continuidad pura sería un perfil claramente lamarquista. La continuidad corregida sería alguien que mantenga la marca Morena, pero con distancia suficiente para decir que viene una nueva etapa. El relevo disfrazado de unidad sería un nombre impulsado por otro grupo, pero presentado como acuerdo de todos.
Ahí es donde la sucesión se vuelve mental. Porque el candidato no sólo debe ganar una encuesta; debe ganar una interpretación. Debe parecer cercano al movimiento, pero no prisionero del desgaste. Debe representar gobierno, pero también cambio. Debe respetar a Lamarque, pero no depender completamente de él. Debe ser aceptable para el grupo Patiño, para los operadores locales, para el partido estatal y para la base que todavía ve en Morena la opción natural.
Lamarque conserva fuerza, historia y estructura. Sería ingenuo pensar que su salida temporal del Ayuntamiento lo deja fuera de la decisión municipal. Sigue siendo una figura con peso, con relaciones, con presencia y con capacidad de influir. Pero también sería ingenuo pensar que el tablero sigue igual que en 2021. El poder cambia cuando cambian las circunstancias, y hoy Lamarque ya no sólo administra Cajeme: intenta venderse como proyecto estatal.
Cuando un liderazgo local aspira a subir, sus aliados empiezan a moverse. Unos se disciplinan, otros se adelantan, otros buscan nuevo padrino y otros esperan la señal correcta. Eso está pasando en Cajeme. La sucesión municipal no está detenida; está en fase mental. Cada nombre que se menciona mide reacción. Cada columna que lo coloca en el tablero prueba resistencia. Cada grupo que se mueve manda un mensaje. Cada silencio también cuenta.
El riesgo para Morena es que la disputa se convierta en fractura antes de tiempo. Si el lamarquismo siente que le quieren arrebatar Cajeme, puede cerrar filas. Si el grupo Patiño siente que tiene condiciones para influir y no se le reconoce, puede endurecerse. Si los aspirantes sienten que la candidatura ya está decidida en una mesa ajena, pueden simular unidad y guardar resentimiento. Y en política, el resentimiento interno no siempre se ve al principio, pero se cobra en campaña.
La oposición debería mirar con atención, aunque sin hacerse ilusiones fáciles. Cajeme sigue siendo un municipio donde Morena conserva fuerza, estructura y marca. Pero si la candidatura guinda nace lastimada, impuesta o demasiado cargada de conflictos internos, puede abrir una rendija. La oposición no tiene hoy un proyecto contundente, pero muchas veces no gana por virtud propia; gana cuando el partido dominante se equivoca en su sucesión.
Por eso la decisión en Cajeme será más importante de lo que parece. No se trata sólo de quién será candidato o candidata a la alcaldía. Se trata de quién va a heredar el control político del municipio. Se trata de si Cajeme seguirá siendo territorio lamarquista o si entrará a una etapa donde otros grupos de Morena empiecen a tomar la conducción real. Se trata de si Patricia Patiño y su equipo logran convertirse en árbitros de la sucesión o si Lamarque todavía tiene la última palabra.
El mentalismo político dice que quien controle la idea, controla la ruta. Si se instala la idea de que Lamarque decidirá, los aspirantes buscarán su bendición. Si se instala la idea de que el grupo Patiño trae mano, los aspirantes buscarán ese puente. Si se instala la idea de que Claudia Santacruz puede crecer desde la interina, entonces su figura dejará de verse como temporal y empezará a verse como posibilidad. Así se construyen las candidaturas: primero en la mente, después en la estructura y al final en la boleta.
Cajeme ya entró en esa etapa. La sucesión no está escrita, pero ya empezó a pensarse. Y en política, cuando algo empieza a pensarse, empieza a existir.
Hoy la pregunta no es solamente quién quiere ser alcalde.
La pregunta es quién tiene el poder real para decidir quién puede serlo.
Y en Cajeme, esa respuesta todavía se mueve entre dos sombras: la de Javier Lamarque, que quiere jugar en la cancha estatal, y la del grupo Patiño, que empieza a sonar cada vez más fuerte en la cancha municipal.
“Esta es apenas una opinión personal, una lectura del instante y del momento histórico, político y social que nos tocó vivir. No pretende ser verdad absoluta; es experiencia, percepción y análisis. El lector tendrá siempre la última palabra: creer, dudar o pensar distinto”.























